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17 August 2016

The monastery of Tulebras

The expansion of the Cistercian Order (12th-13th centuries)

D. Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza
Chair of Navarrese Heritage and Art

La rápida expansión de la Orden del Císter fue uno de los fenómenos que definió la vida religiosa y social de Europa en el siglo XII y la primera mitad del XIII. Nacida en un momento de máximo religioso (1098), la Orden se convirtió pronto en un elemento esencial de la vida monástica y de la organización de la Iglesia. La comprensión de esta fulgurante y amplia expansión requiere ahondar en tres estratos superpuestos: el fenómeno en sí mismo, describiendo los hechos que lo integran; los mecanismos institucionales que permitieron llevarla a cabo; y las causas profundas que ayudan a entender por qué se produjo. En cuarto lugar, cabe hacer una mención especial a la expansión cisterciense en España.

El fenómeno de la expansión del Císter, para ser calibrado en su justa medida necesita ser cuantificado, distribuido en el tiempo y en el espacio, para calibrar ritmos y definir sus momentos álgidos. Por lo que respecta a los monasterios cistercienses masculinos sigue vigente la cifra de 742 fundados entre 1098 y 1675, fijada por el P. Leopold Janauscheck en 1877, aunque quepa hacer modificaciones que no la desvirtúan en sus dimensiones esenciales. 525 vieron la luz en el siglo XII (338 antes de 1152 y 187 después), que suponen un 71 % del total. El siglo XIII aportó 169 nuevas fundaciones (un 23%). Entre ambas centurias aportaron un 94 % de las fundaciones cistercienses y está plenamente justificado acotar en ellas la expansión de la Orden. Aunque la distribución geográfica abarcó toda Europa, el epicentro fue Francia, con 246 abadías masculinas (un 33 % de la Orden). Europa Occidental formaba un cinturón envolvente con 428 monasterios, que suponían más de la mitad (un 57 %). Los países alemanes del Imperio proporcionan 111, seguidos a distancia por Italia (88), Gran Bretaña (87) y los reinos cristianos de la Península Ibérica (75). También es notable la aportación de Irlanda (36). El 9 % de los cenobios se dispersa por Europa septentrional y oriental (hasta Oriente Medio). En las dos primeras décadas de vida Citeaux se muestra vigoroso, pero sólo en su entorno inmediato, fundando sus “cuatro hijas mayores”: La Ferté (1113), Pontigny (1114), Claraval (1115) y Morimond (1115). A partir de 1120 cambia la intensidad y las distancias, dando paso a los grandes éxodos de los cistercienses por toda Europa: llegan a Italia (1120), Alemania (1123), Inglaterra (1129), Bélgica (1132), España (1140), Suecia y Bohemia (1143), Dinamarca (1144), Noruega (1146), Hungría y Polonia (1179)

No hay una visión tan precisa de los monasterios femeninos, pero en conjunto superaron los 800. El primero de ellos fue el Tart, en Champaña (1125). La presencia en España se inició en Tulebras (1149). El siglo XIII fue la etapa de mayor florecimiento de las abadías femeninas; el Capítulo General intentó frenar las fundaciones femeninas endureciendo los requisitos para aceptarlas. Geográficamente, la mayor intensidad de los monasterios femeninos corresponde a Alemania (320, un 40 %), seguida a distancia por Francia (160), y luego por Inglaterra (en torno a 100), España (78) e Italia (70).

Una eclosión como la que pregonan estas cifras no hubiera sido posible sin unos mecanismos ágiles y eficaces que permitieron llevarla a cabo. El procedimiento fue el de las “filiaciones”: cada monasterio fundaba nuevos monasterios mediante el envío de una comunidad inicial formada por un abad y doce monjes. Los nuevos monasterios fundaban a su vez otros, y así sucesivamente. La Orden se articuló por tanto en una estructura arborescente. Existieron cinco grandes filiaciones, encabezadas por Citeaux y sus cuatro “hijas mayores”. La de Citeaux no fue la mayor; reunió 109 abadías masculinas (especialmente en Inglaterra) y 136 femeninas. Morimond alumbró 193 abadías, entre las que destacan las 62 fundadas desde Camp por toda Alemania, o las españolas creadas desde Scala Dei. La Ferté fue la más pequeña, con apenas 17 cenobios masculinos. La filiación más grande, sin lugar a dudas, fue la de Claraval, que, impulsada por san Bernardo, reunió a 355 abadías masculinas, de las cuales 80 fueron de fundación directa de Claraval, y 66 femeninas. El mecanismo de las filiaciones se complementó con la creación de una Orden religiosa y unos procedimientos de gobierno de la misma, plasmados en la “Charta caritatis” (1119) y todo el derecho cisterciense de las “Consuetudines” (1152), que compaginaban la independencia de cada abadía en su vida y su administración internas con una interpretación unificada de la regla y la existencia de instituciones de gobierno central y control de todos los monasterios. El Capítulo General, reunido anualmente, era la suprema autoridad de la Orden. También de forma anual, el “abad padre” o “padre inmediato” realizaba una visita a los monasterios fundados por el suyo, examinaba su marcha tanto espiritual como material y tomaba las oportunas medidas de corrección. 

Por lo que respecta a las causas que explican el fenómeno, podemos señalar cuatro. La primera fue la admiración que suscitó en la sociedad feudal el tenor vitae, el tipo de vida de los monjes cistercienses. El retorno a la pobreza primitiva del mundo monástico, la recuperación del trabajo manual, la austeridad y rigor de la vida cisterciense y la racionalización de la liturgia impactaron en la sociedad y suscitaron un corriente de simpatía, que se tradujo en abundantes vocaciones a la vida monástica y donaciones para la fundación y sostenimiento de monasterios. 

En segundo lugar, san Bernardo (1090-1153), abad de Claraval durante 38 años, se convirtió en el intérprete más elocuente y efectivo del mensaje del Císter y fue un líder intelectual y religioso de la Europa de su tiempo. Su atractivo personal atrajo cerca de un millar de vocaciones a Claraval, de tal forma que fue capaz de fundar 66 abadías. Su inteligencia, su elocuencia, el estilo brillante de sus cartas, su superioridad moral y la coherencia de su vida le convirtieron en faro de la Europa cristiana y, consecuentemente, impulsaron el desarrollo de la orden del Císter. 

En tercer lugar, el Císter gozó de la protección de los reyes de Europa, que le facilitó la expansión. En Francia, la protección de Luis VII estuvo acompañada por el ingreso de su hermano Enrique en la orden. Alfonso VII de Castilla auspició más de una docena de monasterios, obra que culminó su nieto Alfonso VIII con la fundación de Las Huelgas. Alfonso I en Portugal o Bela II en Hungría fundaron varios monasterios. En Navarra les protegieron García Ramírez, Sancho VI, Sancho VII y los monarcas de la casa de Champaña. El ejemplo de estos reyes fue seguido por la nobleza. 

En cuarto lugar, la eficaz actuación del Císter en el seno de la Iglesia le granjeó el apoyo del papado. Los cistercienses apoyaron la Reforma Gregoriana y prestaron su colaboración como obispos y legados papales. La Orden como tal apoyó al Papado y combatió los cismas, defendiendo a Inocencio II o Alejandro III frente a los emperadores germánicos. También combatieron la herejía con la predicación a finales del XII, o fundaron monasterios como enclaves evangelizadores en Irlanda o el Báltico. Finalmente el Cister impulsó la lucha con los enemigos exteriores de la Cristiandad: asumió el espíritu cruzado, alentó algunas expediciones como la III Cruzada, fundó monasterios en Siria y alumbró órdenes militares como la de Calatrava (1158) o sirvíó de referente para otras. El despliegue simultáneo de estas actividades hizo del Císter un pilar esencial de la Iglesia Católica en el siglo XII y explica tanto el agradecido apoyo papal como la adhesión de la sociedad al nuevo modelo de vida monástica que encarnaba.

Con respecto a otros países de Europa, la presencia del Císter en España y Portugal se inició tardíamente con la fundación de Fitero (1140), pero la orden arraigó con fuerza en los reinos cristianos de la mitad septentrional de la Península. Hasta 1250 se fundaron 69 de los 75 monasterios masculinos con que contó la Orden. A una eclosión inicial (1140-1153), le sucedió una segunda etapa (1162-1182) y un tercer y dilatado esfuerzo fundacional (1194-1248). El ciclo fundacional de cada monasterio se prolongó durante un siglo aproximadamente, hasta ver culminado el complejo monástico y el dominio respectivos. 

La filiación de Claraval fue la más numerosa (45 abadías masculinas) y estuvo presente sobre todo en Galicia (Sobrado), León, Asturias, Portugal (Alcobaça) y, a través de fundaciones suyas del Midí francés, en Cataluña y Levante (Poblet, Santes Creus). Loa segunda en importancia fue la filiación de Morimond (22 abadías), asentada en Castilla, especialmente en el Valle del Duero (13), así como en Navarra (La Oliva), Aragón (Veruela, Piedra).

En los monasterios femeninos, Navarra fue pionera con el Tulebras (1149), completado con Marcilla (1160). La expansión de Tulebras se dirigió tanto hacia Castilla (Perales, Gradefes, Cañas…) como hacia Cataluña (Vallbona), pero fue eclipsada por las Huelgas, que desde 1191 asumió la dirección de todos los monasterios femeninos del reino castellano-leonés.